Orahnaili
Desde lo profundo de mi alma de barco
-astillamiento aglomerado de órganos,
te observo, antiguo fondo del mar.
Cantos de sirena, esa es la voz de Yoalí,
cuando al lado mío, sin saberlo
guarda el silencio más herido de todos:
el silencio que a mí me dispensa y corresponde.
Entonaría esas palabras como antiguos cánticos,
pero Yoalí ha robado mi partitura.
Simplemente soy el podium donde posan los restos
de viejos discursos que ya ni siquiera el viento pudiera entender.
Me acercaría a Yoalí, pero no tengo distancias en el cuerpo;
simplemente soy un camino anónimo que debe transitarse a la brevedad,
sin tomar de él memoria, detalle o significado.
Si Yoalí no fuera árbol, o cascada, o simetría;
si fuera terrena, palpable.
Si no tuviese presa mi alma en el borde de una de sus sonrisas,
si Pudiera dejarla ir de mi memoria al menos un día,
entonces volvería a ser la piedra que antes fui,
la orilla de algún continente recorrido,
el rayo de sol que penetra la arquitectura de los zigurat de mi infancia,
la maleza recortada del palacio.
Pero Yoalí ha hecho de mí un prisionero.
El más fácil de ser capturado,
este que se entrego casi voluntariamente para su oído horadar,
Yoalí: sonido que emana el agua al evaporarse.
Caminar sobre hojas secas es invocarte.
Yoalí, hoy volveré a verte.
Y seré invisible para ti nuevamente.
